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Juan Leyva


"Si he sido capaz de ver más lejos,

se debe a que estaba encaramado

a hombros de gigantes."


– Isaac Newton. -


 

 

EDAD CONTEMPORÁNEA

 


Es la época que va desde la Revolución Francesa en 1789, finales del siglo XVIII, hasta nuestros días. El paso del tiempo dejó a la Edad Moderna, de la que ha de decirse historiadores anglosajones afirman es la que llega hasta nuestros días, tan alejada de la realidad actual, que suele añadirse un cuarto período, la Edad Contemporánea, en que intensifica extraordinariamente la tendencia a la modernización, pero lo hace con características sensiblemente diferentes, porque significa el momento de triunfo y el desarrollo espectacular de las fuerzas económicas y sociales, el capitalismo y la burguesía, que durante la Edad Moderna comenzaban a gestarse, junto con las entidades políticas que lo hacen paralelamente, la nación y el Estado.


En este periodo la Filosofía da valor a la ciencia y extiende el método científico a otras disciplinas, presentando como características, el completo desprecio por todo lo que estuviera alejado de la experiencia sensible y concreta, la supervalorización de las ciencias como modelo supremo del saber, y como corolario la preocupación de estudiar sólo aquello que puede ser útil para el hombre.


Los hombres confirmaron sus ideas comparándolas con la realidad concreta, con la experiencia sensorial. El inicio de la Edad Contemporánea está marcado por la corriente filosófica de la ‘Ilustración’, que elevará la importancia de la Razón a sus más altas cotas. 


Las ciencias van a descubrir nuevas y mejores soluciones a los problemas humanos y la civilización progresará con tales conocimientos.

 

 

Siglo XVIII


Durante el siglo XVIII tienen lugar aportaciones importantes en el campo de la Astronomía observacional que constituyeron la base para el estudio del Universo a gran escala.


Charles Messier  (1730 -1817), astrónomo francés creador del catálogo de 110 objetos del espacio profundo (nebulosas, galaxias y cúmulos de estrellas), ‘los objetos Messier’, que se numeran del M1 al M110. Presentó en la Academia de Ciencias de Francia en 1771, el primer catálogo de y asociaciones de cúmulos estelares, descubiertas u observadas por él. Años más tarde publicaría una revisión incluyendo otras 103 nebulosas o cúmulos.


En la actualidad los astrónomos nombran estos objetos con la M de Messier inicial, seguida por el número que ocupan en el antiguo catálogo.


La observación astronómica cada vez más detallada permite el descubrimiento de objetos celestes diferentes a las estrellas fijas, los planetas y cometas. Estos nuevos objetos observados eran como parches de luz, a los que, por tal aspecto, se les da el nombre de ‘nebulosas’. Son de una importancia cosmológica importante porque muchas de ellas son los lugares donde nacen las estrellas por acciones de condensación y agregación de la materia.


El alemán Friedrich Wilhelm Herschel (1738-1822), destacado astrónomo al servicio del rey Jorge V, inspirado en el trabajo de Messier, surge como uno de los primeros en estudiar estos objetos, músico, finalmente abandona las notas por las estrellas, con la ayuda de su hermana Caroline Herschel (1750-1848), que trabajó con él realizando barridos de zonas del cielo, llegan a dibujar un mapa de la galaxia con un gran número de estrellas observadas.


Inicia la observación sistemática de nebulosas, con ayuda de un de 45 cm. En 1786 publica el primer catálogo con 1000 nebulosas y cúmulos, anunciando además la resolución en estrellas de muchos de los objetos que habían sido descubiertos por Messier. Desde entonces y hasta 1802, Herschel publicó, dos listas suplementarias de nebulosas y asociaciones estelares, elevando hasta 2500 el número de objetos descubiertos.


Este astrónomo mantenía la hipótesis de que las nebulosas, no resolubles en estrellas, eran sistemas estelares análogos a la Vía Láctea (sobre la que se tratará con más detalle) y muy lejanos. Consideraba que la nebulosa Andrómeda (M31), que dado su grandísimo tamaño y luminiscencia es posible apreciarla a simple vista, a pesar de la enorme distancia que nos separa de ella, dos millones y medio de años-luz, era la más próxima y su distancia dos mil veces mayor que Sirius.


Herschel realiza otros importantes descubrimientos como Urano, sus lunas Titania y Oberon y las lunas de Saturno, Enceladus y Mimas. Comenzó también la medición de distancias a objetos celestes.


Durante el siglo XVIII uno de los objetivos de los estudios astronómicos fue el de calcular, dándoles la mayor precisión posible, las distancias en el Universo.


El sistema de medición fue el ‘paralaje’ en donde se mide el movimiento de una estrella con respecto a las estrellas vecinas cuando se observa desde dos puntos diferentes. Es decir, el desplazamiento aparente de una estrella cercana sobre el fondo de otras estrellas más lejanas a medida que la Tierra se mueve a lo largo de su órbita alrededor del Sol.


La primera distancia a una estrella medida con este método fue realizada por Friedrich Bessel (1784-1846), astrónomo alemán, en 1838. Fue a la constelación '61, del Cisne' obteniendo una distancia de 11 años luz y, posteriormente, Alfa Centauro con una distancia de 4,3 años luz.


En el siglo XVIII y principios del XIX la ‘mecánica celeste’, entendida como una rama de la ciencia que estudia el movimiento de los cuerpos celestes utilizando las leyes físicas conocidas, se desarrolla. Creada por Newton con sus leyes del movimiento, con su ayuda se puede estudiar con detalle el movimiento de los planetas alrededor del Sol o el de la Luna alrededor de la Tierra. Persigue describir de forma matemática los tipos de fuerzas que actúan sobre un determinado sistema de cuerpos celestes. También la técnica instrumental madura en los siglos XVIII y XIX, lo mismo que las técnicas y métodos de medida experimentan un avance continuo.


Nacen los primeros catálogos estelares.


Edmund Halley (1656-1742), inquieto matemático e investigador, destaca, siendo conocedor de ‘La teoría de la gravitación’ de Newton, que le impulsa a calcular por primera vez la órbita elíptica de un cometa de 1682, por señalar que es el mismo que había sido visto en 1531 y en 1607, y afirma que volvería a pasar en 1758.  En su honor se da al cometa su nombre, el 1P/Halley.


Kant atribuye en 1755 la génesis del sistema solar a un proceso mecánico. Lagrange estudia en 1788 el conocido problema de los tres cuerpos y algunos casos especiales con solución.


Laplace publica en 1799 su ‘Mecánica Celeste’ y descubre la invariabilidad del eje mayor de las órbitas planetarias.


Durante el siglo XVIII se pone atención en la Vía Láctea, franja visible blanca que cruza el cielo separándolo en dos hemisferios, cuya naturaleza había sido hasta ahora meramente especulativa al carecer de evidencias observacionales cuantitativas. Pasará a ser base de la estructura del firmamento.


Las contribuciones teóricas a la estructura de la Vía Láctea en este siglo se deben a:


Emmanuel Swendenborg(1688-1772), filósofo y científico sueco, en sus 'Principia' de 1734 especuló que "puede haber innumerables esferas de esta clase o cielos estrellados en el universo infinito... Este mismo cielo estrellado, estupendo como es, forma quizás, sólo una esfera, de la cual nuestro vórtice solar constituye solo una parte..."


Thomas Wright (1711-1786), un fabricante de instrumentos y matemático inglés, presentó en 1750 el primer cuadro completo de la Vía Láctea en su obra 'An Original Theory or New Hypothesis of the Universe'. Presenta la teoría que se llama de “la piedra esmeril” para la Vía Láctea, un gran disco de innumerables estrellas con el Sol cerca de su plano principal de simetría y de su centro. Es una teoría confusa, que el propio autor terminó por cambiar.


• El filósofo alemán Inmanuel Kant (1724-1804), propuso en 1755 la llamada 'Teoría de los universos-islas'. Luego de describir y ampliar el modelo de Wright sobre la Vía Láctea, se pregunta cómo se verían a grandes distancias estos sistemas estelares, y responde que presentarían igual apariencia que algunas nebulosas descubiertas de forma circular o elíptica. "La analogía con el sistema estelar en que nos hallamos, su forma que es exactamente la que debe ser según nuestra teoría, la debilidad de la luz que presupone una distancia infinita. Todo ello coincide para que consideremos estas figuras elípticas como otros tantos mundos, o por decirlo así, otras tantas Vías Lácteas".


Johann Heinrich Lambert (1728-1777) consideró, en 1761 la estructura de la Vía Láctea y su relación con sistemas de orden superior en su libro 'Kosmologische Briefe uber die Einrichtung des Weltbaues'. El cosmos está jerarquizado, siendo el Sol y sus planetas un sistema de orimer orden, el propio Sol con algunos millones de estrellas formaría un sistema estelar de segundo orden. Varios sistemas de segundo orden constituirían la Vía Láctea, un sistema de tercer orden. Termina especulando que varios sistemas de tercer orden podrían constituir sistemas de cuarto orden, serían cúmulos de galaxias.


Estas teorías sobre la naturaleza de la Vía Láctea son superadas ampliamente por el trabajo de Herschel durante el último cuarto del siglo XVIII.


Abordó el problema de la estructura de la Vía Láctea desde un punto de vista cuantitativo. Ideó un método de recuento de estrellas en áreas selectas, zonas de 15 minutos de arco en diámetro, del cielo. En algunas regiones sólo contaba una estrella, llegando en otras a contar hasta seiscientas.


Supuso que las estrellas tienen el mismo brillo absoluto y que su densidad es uniforme. Así, una mayor cifra de estrellas indicaba una mayor extensión de la Vía Láctea en esa dirección. En 1785 publica el resultado de sus recuentos en 683 regiones del cielo.


Encuentra que las estrellas se distribuían preferentemente a lo largo de la Vía Láctea, con una distribución achatada en forma de piedra esmeril (piedra de afilar), cuyo espesor es 1/5 del diámetro.


El Sol se ubica en el centro del sistema, o muy cerca de él.


Las dimensiones en la galaxia de Herschel no son absolutas, aún no se sabe la distancia a las estrellas en términos absolutos (será en 1838 Bessel quien mida la primera distancia estelar). Herschel propone un diámetro de 800 veces la distancia a Sirio, es decir, 7.000 años-luz, dicho en terminología contemporánea.


El propio Herschel se da cuenta de las dificultades de su método, al comprobar que su telescopio de 20 pies no revelaba todas las estrellas en una dirección y que las que él no percibía podían estar tan lejos o más de 2.300 veces la distancia a las estrellas de primera magnitud.


Esta reflexión permite suponer un tamaño mínimo para la Vía Láctea de 20.000 años-luz, que se deja como la primera estimación, no muy desorbitado, considerando hoy que tiene un tamaño de unos 100.000 años-luz.


El siglo XVIII es fundamental para comprender el mundo moderno, los acontecimientos sociales, económicos, igual que culturales y científicos, influencian el desarrollo hasta el presente.


El desarrollo de telescopios, cada vez mejores, permite avanzar en el conocimiento astronómico del Universo. El catálogo de Messier, la postulación sobre la formación del sistema solar de Kant, de Laplace, etc.. no terminan en este siglo, abren el siguiente y los siguientes, de modo que podría a partir de ahora fijarse un listado de avances y descubrimientos cronológicos, más que de grandes astrónomos que culminará con un siglo XXI en el que todo está por ser cerrado.

 

 




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